docedécimos – restos de una memoria excesiva
Traducido por Rosa Martínez
Después de cenar, mi hija viene corriendo y grita que la abuela sale por la televisión. Efectivamente, en las noticias hay un tipo que entrevista a otro que sostiene que la vida ya no es tan tranquila como antes. De fondo aparece nuestra casa familiar en Daulo. Una señora muy pequeña saluda con la mano. Mi hija responde al saludo susurrando un hola abuela Lu. Después la cámara sigue al periodista a través de la plazoleta hasta encuadrar una casa con los balcones abiertos de par en par. En la zona hay tanta policía que parece un partido de fútbol. Muestran en antena la foto del hombre que se ha atrincherado en la casa desarrendada con rehenes y que amenaza con hacerse saltar por los aires si no le permiten hacer una llamada.
«Sólo faltaba el loco» dice mi mujer.
«¿Pero qué loco ni loco? Si es Armando, el anárquico Armando. Que yo sepa es un tipo con las ideas claras: detesta el fútbol, la política, la familia y los carabinieri, pero no es mala persona» le digo.
«Sólo para los de tu pueblo puede tener las ideas claras alguien como él»
«¡Papá, la abuela le ha dado el teléfono al policía! »
«¡Ya sabes que no quiero oírte decir mentiras, si no acabarás siendo como él!» es decir, yo…
Suena el teléfono. Las bocas adultas se abren, las piernas cortas saltan.
«¿Diga? Yo te veo, ¿tú me ves a mí? Un momento… es para ti, es aquel señor policía»
Y resulta que el anárquico Armando quiere hablar conmigo o se carga a los rehenes. Me dicen que tengo que aguantarlo al teléfono hasta que consigan tenerlo en el punto de mira.
«¿Armando? »
«Sí, hola, perdona por la hora»
«Armando, apártate de la ventana y júrame que esto no es uno de esos programas que eligen a alguien para hacerle quedar como un cretino»
«Te lo juro. Ahora me aparto. Sólo te robaré dos minutos. ¿Te acuerdas del día que me escapé de casa? »
«¿De pequeño? Un poco, ¿por qué? »
Y aquí empieza una historia interminable de Armando, que a los nueve años, harto de oír a sus padres pelearse y echarse en cara la desgracia de tener un hijo que les obliga a permanecer juntos, decide (era el mayo del ’72) que la única solución es escaparse de casa. Después de pensarlo un poco, decide partir el sábado por la tarde, porque por la mañana tiene clase. Por la tarde diluvia y se queda en casa hasta el domingo por la mañana. Al día siguiente, cuando a penas había salido del pueblo, Armando se encuentra con Nicolaio, aficionado al fútbol juvenil del Daulo Football Club, siempre dispuesto a acudir a las duchas y a propinar cachetes con las manos frías como las de un cadáver. Armando piensa que si accede a que le lleve llegará lejos más rápidamente y recuperará la media jornada de fuga que ha perdido. Niccolaio para el coche en el camino blanco que lleva hacia Arino y quiere enseñarle a toda costa la pantera. Armando no quiere y se aguanta notando las avispas en las orejas durante una hora. Una vez se queda solo en medio del campo, decide que es mejor seguir adelante antes de que anochezca, pero por el calor y por los bofetones, acaba en el dique que conduce al pueblo a través de la finca de los B., territorio de los hermanos Olor, unos años más mayores y vagamente politizados.
«Nos hemos enterao que tu primo Francesco se ha juntao con los cumunistas» dice el olor más viejo.
«Dile que o se separa del imperio del mal o le hacemos lo mismo que a ti. ¡Viva el Duce!» añade el olor más fresco, y le propina golpes que ni a las bestias.
Armando no sabe si sorprenderse por su uso de la lengua o porque su primo quería convertirse en emperador comunista, pero manda ordenadamente a hacer puñetas la política, la lengua, el mal, los emperadores, los comunistas e incluso al Duce para no equivocarse. De todos modos, consigue volver a casa y encuentra un plato de pasta tapado y una nota que explica que papá se ha tenido que ir con la primera brigada y mamá está en campo neutro con su hermana. Como nadie ha leído la nota que él ha dejado en su habitación, la rompe, la vuelve a escribir cambiando la hora y después de comer se vuelve a escapar de casa. Recorre el pueblo a toda prisa y escucha que en el bar de Gianni funciona el pinball, así que se detiene a echar una ojeada. Un tipo que está jugando le dice que acabe su partida, que llega tarde a la cita con su novia, así que Armando con la última bolita llega a estar en dos horas a pocos puntos del récord. Pero en el mejor momento el dueño del bar apaga el pinball y abre la portezuela de la máquina. Parece que alguien ha jugado de gorra con monedas hechas de plomo y con el peso exacto. No sabe si ha sido Armando pero, cuando encuentra más plomo en la caja, cierra el bar y le lleva por toda la plaza a bofetadas y patadas en el culo. Así que a Armando le toca volver a casa para cambiarse porque tiene la camiseta sucia de sangre y la pantaloneta negra por los puntapiés. Por suerte, nadie ha vuelto a casa aún y tiene tiempo de hacerse un bocadillo. La gacela lo intercepta a las tres de la mañana, cuando está llegando a Padua. Armando al principio se niega a responder, pero el sargento, paciente al inicio, le suelta dos porrazos en la cabeza y Armando confiesa de quién es hijo y dónde vive.
Cuando los suyos le ven llegar en plena noche están furiosos porque no se habían dado cuenta de que no estaba en su cama, pero sobre todo por quedar como unos inútiles frente al sargento. Creen que castigarlo es un deber sacrosanto, mejor espabilarlo, que se deje de historias: para aclararle las ideas, se van relevando hasta las seis. Cuando vuelven a la cama, tienen los brazos doloridos y no se sienten las manos.
Después las cosas van siempre a peor, trabajando de obrero, de carretillero, en la mili, en la peletería y en la petroquímica de Marghera. Y todos le llaman anárquico.
«Y lo único que yo quería era no tener jefes y dejar de recibir golpes… Y llega un momento en que uno se harta y piensa en hacer cualquier cosa»
«No hagas daño a esas personas Armando, deja que se vayan»
«Aquí no hay nadie. Se han rebelado y se han escapado antes de que llegase la policía. También ellos son luchadores ….¡a buenas horas! »
«Entonces sal que no pasa nada»
«No basta, voy a volver a asomarme»
«Armando… »
«Adiós, cuídate»
Clic.


Bueno me parece muy concisa y precisa. Un poco falta de descripciones emotivas-novelescas pero con una muy cruda realidad en su mensaje.
Oscar Rodriguez.